Una entrevista con Diego Patiño

Diego Patiño es un ilustrador colombiano con residencia en Australia. En Colombia ha colaborado con El Malpensante y SoHo. Su trabajo fue premiado en 2009 en la edición especial de la revista Applied Arts por las ilustraciones del artículo “Del papel a la pantalla”, de Jorge Orlando Melo, publicado en la edición 90 de El Malpensante.

1. ¿Hace cuánto comenzaste tu carrera como ilustrador? ¿Cuál es tu pieza preferida de las que has hecho en todos estos años y por qué?
Creo que todo comenzó cuando publiqué mis primeras ilustraciones en un medio de alta rotación. Eso fue en 2004, en la edición 64 de SoHo. Antes de eso solo había hecho una carátula para un libro de Villegas Editores, así que fue un bautizo de fuego, de cabeza en la pileta de la industria. En esa época no se me pasaba por la cabeza ilustrar profesionalmente.

Mis piezas favoritas son las más experimentales, especialmente las que no han visto la luz de la imprenta. Esta ilustración en particular, The Rip (nombro mis trabajos según las canciones que estoy escuchando al momento de trabajarlos o terminarlos; en este caso, una de Portishead), la hice para Meanjin, una de las publicaciones literarias más importantes de Australia. Me gusta mucho por la historia que quería contar e invertí mucho tiempo en ella porque quería verla impresa. Al final terminaron por escoger una segunda versión para la que no empleé el mismo tiempo ni las mismas ganas porque no quería que la publicaran. Me he dado cuenta de que mis ilustraciones favoritas son las que menos le gustan a la gente.

2. ¿Cómo definirías tu técnica? ¿En qué porcentaje tu trabajo es digital y en qué porcentaje análogo?
Bueno, no defino mi técnica porque no veo el punto. Darle una categoría a lo que hago no se me da muy bien. Además, la respuesta es relativa. Para empezar, la narrativa de cada imagen es lo importante e idearla es algo que no se puede medir en términos ni digitales ni análogos porque ocurre en el cerebro y es lo que consume la mayor cantidad del tiempo.

Me llama la atención reproducir digitalmente procesos análogos que, antes de la tecnología digital, producían resultados muy interesantes, como las historietas de superhéroes que llegaban a Colombia de Editora Cinco en los ochenta, y que tenían una calidad muy particular y algo rústica. Algunas personas critican mucho el uso de herramientas digitales, pero a mí me parece una tontería porque las posibilidades son increíbles. Y, bueno, como dicen los Rolling Stones “it’s the singer, not the song”.

3. Como ilustrador colombiano residente en Melbourne, tienes la oportunidad de ver la ilustración colombiana desde otro punto de vista, ¿en qué punto estamos respecto a referentes internacionales? ¿En Australia se reconoce el trabajo de algún ilustrador o diseñador colombiano?
Quiero aclarar que no me considero un ilustrador colombiano. Quiero decir, soy un ilustrador editorial y punto. El lugar de origen es irrelevante y a veces esconde cierta condescendencia.

Más que sobre el oficio de ilustrar, lo que ha cambiado es este tiempo en Melbourne es mi punto de vista sobre la industria editorial colombiana para la que he trabajado: es muy distinto estar donde se te reconoce y retribuye el esfuerzo, donde la palabra todavía vale. En Colombia predomina entre las editoriales la idea de que la ilustración no vale el peso y medio que sus editores pagan a regañadientes a sus ilustradores bajo la premisa cínica de que no se paga si no se publica, así el trabajo haya sido aprobado. A veces es tan penoso que dejan de pagarse trabajos porque el espacio para la ilustración es reemplazado por pauta que entra a última hora. Es decir, dejan de pagarte porque les está entrando una publicidad por la que cobraron veinte o treinta veces más de lo que te ofrecieron por un trabajo. Es una política de abusivos, de matones como de colegio. Eso sin contar los contratos de cesión de derechos que hacen firmar a los ilustradores y que los ponen en desventaja. Son contados con los dedos de una mano a la que le falta tres dedos las publicaciones que respaldan y respetan a sus ilustradores. Hay potencial en Colombia, sí; pero una parte importante se va al diablo (comprendido por las agencias de publicidad o la resignación) o al extranjero por culpa de una industria editorial que es poco previsiva y estimulante, que mide todo en centavos y es manejada por vendedores de frituras disfrazados de editores que actúan como si te hicieran un favor.

Pero, pasando a algo de lejos más grato, en Australia el trabajo de Marcela Restrepo es muy reconocido. Ella es muy entusiasta, increíblemente trabajadora y, sobretodo, talentosa. Sus ilustraciones son increíblemente populares y no es difícil toparse con ellas en varios medios. Ambos somos representados por la misma agencia, The Jacky Winter Group; si tienes en cuenta que dos de las personas que más trabajo generan en la agencia son colombianos, creo que eso te da una idea favorable de la clase de ilustradores que se producen en Colombia.

4. En el caso de la ilustración editorial o cuando se trata de hacer una nueva versión de un personaje histórico como La Pola, ¿hasta qué punto tratas de ser fiel y hasta qué punto intentas recomponer la esencia del texto o la imagen del personaje?
Se debe ser fiel porque de lo contrario no estás haciendo tu trabajo. Lo que trato de no ser es literal. La constricción que demanda la fidelidad es importante, de lo contrario todo es caos, y entre abstracciones, unicornios y arcoíris se vuelve imposible darle al clavo y producir la pieza requerida. Me ha pasado que se me van las luces y termino a kilómetros de donde debo estar. Ahí es cuando entra a jugar la guía de un buen editor o director de arte; la comunicación es elemental para evitarse sorpresas desagradables. La primera versión de Policarpa que hice, por ejemplo, estaba perfectamente descarrilada, ahora lo sé.

Es muy importante que los ilustradores busquen direcciones diferentes a la obvia. Después de todo, no te están pagando para volver matachín lo que está en palabras. Estás ahí para darle una nueva dimensión al texto, no para inflar globos y colgar guirnaldas a su alrededor. Recuerdo una ocasión en la que me pidieron que no hiciera las ilustraciones de tal forma porque estaban “opacando” los textos. Fue molesto, no supe qué pensar, pero te da una idea de lo subestimados que son los oficios gráficos.

5. Antes de que los organizadores de la exposición Bicentenario Pop te pidieran ilustrar a La Pola, ¿cuánto sabías sobre el personaje y qué imagen tenías de ella?
Recordaba algunas lecciones del colegio y tenía una idea superficial suya. Luego, el proceso se volvió como el de cualquier otra ilustración en el que investigas hasta donde el material disponible te lo permite. No puedo decir que haya sido una mujer admirable o un ejemplo a seguir o alguna de esas visiones entre idílicas y heroicas que te venden sobre los personajes históricos cuando estás en la primaria porque no me parece que sea el caso. Pero sin duda fue memorable y el hecho de que la estemos recordando es la prueba. Pocas personas a los ventitantos están dispuestas a morir por una idea, sobretodo una alimentada por la egolatría de terceros. Hay mucho de ingenuidad, claro, pero ya quisiera yo mismo estar convencido de algo con tanta vehemencia. O tal vez no.

6. ¿Qué intención tuviste al ponerle el antifaz?
El tiempo durante el que trabajé en la ilustración coincidió con cierta obsesión que desarrollé por los parásitos. En esos días en que leía sobre el ciclo de vida del toxoplasma, vino la oferta de ilustrar a Policarpa y de inmediato—y esto lo digo sin intenciones maniqueístas—me vino a la cabeza que la idea libertaria era una idea parasítica y contagiosa que se sembró en la cabeza de ciertas personas. Lo que sobrevino con la independencia no fue necesariamente positivo y por eso no quería presentar una imagen ideal. Anteriormente mencioné que mi primera aproximación al retrato no fue la mejor y es porque era demasiado explícita y grotesca. Básicamente mostraba a Policarpa mutada, con un cuerpo deforme, evolucionando tal vez en una nueva dirección que, insisto, resultaba más conveniente para algunas partes que para otras, como en el parasitismo. El antifaz fue la mejor manera de conservar el sentido subversivo, manteniendo la ilustración en un plano más accesible para las personas.

7. De las otras ilustraciones que forman parte de Bicentenario Pop, ¿cuál fue la que más te llamó la atención y por qué? ¿Conocías previamente el trabajo de algunos de estos ilustradores? ¿Con cuál te sientes más identificado?
Los retratos de Fernando VII y Miguel Hidalgo son mis favoritos porque son viscerales y violentos sin ser grotescos. Creo que son direcciones que me hubiera gustado explorar más, especialmente la de Hidalgo que tiene mucho movimiento.

Conocía el trabajo de Julián de Narváez y Leo Espinosa que eran nombres reconocidos en Colombia cuando empecé en el oficio. También conocía a Hermenegildo Sábat, claro, pero él está en otro nivel al que es imposible llegar a menos que se tengan la gasolina y los fósforos para seguir en el oficio durante tantos años como él. Mi gran sorpresa, sin embargo, fue encontrarme en la misma lista que Jorge Alderete. Siempre ha sido uno de mis ilustradores favoritos y sin lugar a dudas, como es obvio en algunos de mis trabajos, una influencia mayúscula. Me siento muy orgulloso de que mi Pola esté colgada cerca de su Hidalgo. Pocas veces te sientas en la misma mesa que tus ídolos.

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Acerca de bicentenariopop

Bicentenario pop es una exposición itinerante conformada por veinte retratos de los protagonistas de la Independencia, elaborados por reconocidos ilustradores, con sus particulares y diversos estilos. Las obras serán exhibidas en gigantografías y bastidores en cuatro localidade de Bogotá, entre los meses de agosto y noviembre del 2010.
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